La desgracia de Haití
Muchos líderes mundiales y jefes de Estado se han pronunciado una y otra vez clamando para que la comunidad internacional y los grandes países desarrollados como Estados Unidos, Canadá, Francia y el resto de las naciones europeas y asiáticas con poder económico, tecnológico y financiero cooperen decidida y sostenidamente con el crecimiento y progreso material, político, social e institucional de la nación más empobrecida y atrasada del hemisferio occidental.
Históricamente esa cooperación ha sido insuficiente y ha traído como consecuencia el deterioro económico, social, educativo y cultural del pueblo haitiano, así como un clima de inestabilidad política permanente en Haití.
Las grandes potencias sólo han intervenido políticamente en Haití en momentos circunstanciales en los cuáles el mantenimiento en el poder de figuras como Raúl Cedras, los Duvalier o Jean Bertrand Aristide, ha resultado conveniente a sus intereses geopolíticos o migratorios.
Responsablemente hay que dejar constancia de que la República Dominicana ha sido el país que mayores aportes directos e indirectos ha tenido con el pueblo haitiano en los últimos 40 años, no obstante ser también una de las naciones más pobres del continente.
Esa contribución de los dominicanos con el pueblo haitiano se expresa en la recepción de más de un millón de ciudadanos haitianos que residen y trabajan en todo el territorio de la República Dominicana, así como en las atenciones médicas y servicios educativos que se les brinda en todo el territorio nacional.
Igualmente, el comercio fronterizo con Haití representa para ese país una de las fuentes principales de abastecimiento de alimentos y materias primas fundamentales para su economía.
En los momentos de catástrofes naturales como el que actualmente ha acontecido en Haití, el pueblo y el Estado dominicano siempre han sido de los que con mayor presteza, esfuerzo, desinterés y solidaridad han brindado su mano amiga a los hermanos haitianos.
Lamentablemente, la desgracia haitiana no se limita a la pobreza secular de su población, a la hambruna de sus mayorías y a la insaciable voracidad de una claque política, militar y económica corrupta y represiva que por años ha sumido en la miseria y el atraso a un pueblo digno de mejor suerte, sino que, evidentemente, también se trata de una nación que ha carecido de la ayuda y la cooperación sostenida de las grandes potencias mundiales y los organismos de desarrollo multilaterales.
Hoy la naturaleza y el destino no han podido ser más despiadados con el pueblo haitiano. No se trató simplemente de un poderoso terremoto que alcanzó una fuerza superior a los 7 grados en la escala de Richter, y que dicho sea de paso, no ocasionó ni una sola víctima humana en la República Dominicana.
Ese devastador e inclemente sismo sencillamente ha destruido más del noventa por ciento de la infraestructura física de Puerto Príncipe, incluyendo el Palacio de Gobierno, la sede del Parlamento, la Catedral, las oficinas de impuestos, el puerto y las escuelas, casas y hospitales. Sus víctimas no ascienden a mil, cinco mil, diez mil, treinta mil, cincuenta mil, noventa mil, cien mil personas, sino que el Ministro del Interior haitiano y otras fuentes oficiales han estimado conservadoramente que los muertos aplastados por las edificaciones pudieran ascender a más de doscientas mil almas.
La enorme cantidad de víctimas y la magnitud de los daños ocasionados ha provocado justificadamente el asombro mundial y la reacción del Papa y los presidentes de Estados Unidos, Francia y Brasil, entre otros, así como del Secretario General de las Naciones Unidas, Ban ki-Moon, quien ha solicitado a todas las naciones suscritas a la ONU un aporte conjunto de 550 millones de dólares para mitigar los daños y fortalecer los programas de auxilio en Haití.
Los recursos financieros que pudieron haber destinado en las últimas décadas las naciones desarrolladas para el desarrollo del pueblo y el Estado haitiano, hoy día serán insuficientes para lograr el alivio de la gran tragedia que ha vuelto cenizas la ciudad de Puerto Príncipe y ha cubierto de muerte y desolación a su población.
El gran reto de la reconstrucción de Haití y el auxilio que requiere su pueblo no es una responsabilidad de los haitianos y de la República Dominicana, como se le atribuye haber declarado el presidente Barack Obama un día después de anunciar el apoyo “total” de su gobierno a las labores de rescate.
Si realmente vivimos en un mundo compuesto por personas y líderes mínimamente humanos, racionales, inteligentes, visionarios y solidarios, debemos concluir en que la reconstrucción del Estado haitiano y de Puerto Príncipe, así como el auxilio de una población atrapada en la hambruna, el analfabetismo, el desorden generalizado y la desprotección, constituye una responsabilidad global que debe ser encabezada, precisamente, por los Estados Unidos de América, como principal potencia mundial y hemisférica.
Lo menos que pueden hacer en lo inmediato las naciones ricas acreedoras del desmantelado Estado haitiano, en un gesto simbólico de generosidad, es ordenar la condonación de su deuda externa.
Conjuntamente con esa medida procede que la comunidad internacional organice la distribución de las ayudas que no han podido llegar a la población haitiana por el caos imperante y por la falta de aeropuertos, organización estatal y condiciones logísticas en Haití.
Una vez auxiliada la población haitiana, los programas de desarrollo y reconstrucción de Haití deben contar con el respaldo directo y decidido de la comunidad internacional. En tal sentido, la propuesta del presidente colombiano Álvaro Uribe, de que cada país debe asumir una responsabilidad específica en las labores a realizarse en el hermano país, resulta ser una posición brillante, sincera y clara que va en la dirección correcta y envía un mensaje inequívoco de la idea que debería prevalecer entre los jefes de Estado y de gobierno que más pueden aportar a la causa.
Haití es una nación desvalida, sin instituciones, sin capa vegetal, con un débil aparato productivo, con una población inmensamente pobre y atrasada, y en estos momentos terriblemente golpeada por ésta gran adversidad sísmica.
Sin embargo, se trata de un pueblo compuesto de gente noble e indefensa, que “ama la libertad”, como dijera el Padre de la Patria dominicana Juan Pablo Duarte, y que ha sabido ofrecer grandes lecciones históricas a las naciones americanas y del mundo.
Por ello, en esta hora triste y dolorosa los gobiernos de las grandes potencias económicas del mundo deben ser los que ofrezcan una gran lección a la humanidad, volcando su solidaridad y esfuerzos en favor de la refundación de un Estado eficiente y viable en Haití, que pueda crear las condiciones para que su pueblo pueda contar con alimentación, educación, salud, trabajo y condiciones humanas dignas en su propia tierra.
Si no lo hacen en estos momentos de fatalidad, muerte y desolación, la historia y las presentes y futuras generaciones, no perdonarán la irresponsabilidad e indolencia de los actuales líderes del mundo desarrollado.
El autor es abogado.

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