Los amigos de mi padre
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| Mi padre, el Dr. Erick Barinas Robles, segundo de la izquieda, en fotografía con sus compañeros de estudio de derecho de la UASD. |
Tratar el tema del fallecimiento de mi padre, ocurrido hace diecisiete años, siempre ha sido un tanto difícil para mí, por cuanto ese hecho tuvo un impacto emocional muy fuerte que solo con el paso de los años he podido asimilar como una realidad irremediable.
Y es que tuve la suerte y la dicha de tener un padre que me demostró un amor profundo y al que amaba y amaré por siempre, pero al mismo tiempo, se trató de ser humano que tuvo una gran capacidad de enseñanza, tolerancia, respeto, disciplina y diálogo.
Ese padre especial, educador, conversador, reflexivo, ejemplar, justo, igualmente fue un profesional del Derecho que ejerció su profesión con éxito, honestidad, distinción, sentido ético y lealtad.
Mi padre, el Dr. Erick Francisco José Barinas Robles, Abogado Notario, nacido en San Cristóbal, graduado en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), en una de las promociones de abogados más brillantes y destacados del país – la ex-magistrada Conchita Martínez y los doctores Enmanuel Esquea Guerrero, Rolando de la Cruz Bello, Franklin Almeyda Rancier, Miguel Ángel Santana Marcano, entre otros connotados juristas, fueron sus compañeros -, igualmente se caracterizó por tener una profunda, pero sobria vocación cívica, política e intelectual.
El participó, arriesgando su vida, en la Guerra Abril de 1965, en defensa de la constitucionalidad cercenada y del derrocado Gobierno constitucional del profesor Juan Bosch, pero nunca hacía alarde de ello, ni pretendió sacar provecho político ni personal de aquella circunstancia histórica.
Fue siempre un opositor de las injusticias sociales y políticas que se cometieron en el período de los doce años del Dr. Balaguer y posteriormente en los gobiernos sucesivos del PRD.
Fue siempre un opositor de las injusticias sociales y políticas que se cometieron en el período de los doce años del Dr. Balaguer y posteriormente en los gobiernos sucesivos del PRD.
Su permanente, transparente y reconocido ejercicio profesional, su vocación cívica y su decencia personal le merecieron el aprecio y el respeto de una legión de colegas y amigos que le trataron y que con frecuencia me reiteran sus condiciones personales, morales y humanas.
Recientemente el reconocido escritor, académico, filólogo e intelectual, doctor Andrés L. Mateo, por mi apellido me preguntó qué yo era de mi padre. Cuando le respondí que era hijo, entonces me narró que fueron grandes amigos, que trabajaron juntos en el Seguro Social cuando yo no había nacido y que mi padre fue un hombre muy serio y honesto, y que fue un gran lector y ciudadano.
Solo tuve ocasión de agradecerle a don Andrés sus sentidas y amables palabras, luego de asentir todas las cosas que me iba diciendo y que yo sabía de mi padre, con excepción de su gran amistad con él.
Y es que ciertamente, fue mi padre también un gran lector y un gran amigo de sus amigos. Precisamente, uno de mis recuerdos más vivos de mi niñez y adolescencia es que varias veces llegué de improviso a su oficina de abogados, que se encontraba ubicada en el segundo piso del edificio Machado de la avenida Abraham Lincoln, y lo encontraba en el sillón blanco de su escritorio leyendo alguna voluminosa obra sobre Derecho, política o literatura.
Antes de recibir ese hermoso testimonio del doctor Andrés L. Mateo, a lo largo de los años y en el ejercicio de mi profesión de abogado, igualmente muchos jueces connotados como el magistrado de la Suprema Corte de Justicia, Dr. Julio Aníbal Suárez, el profesor y ex-juez de corte, Dr. Luis Bourget Frómeta, así como periodistas del calibre de don Silvio Herasme Peña, entre otros reconocidos profesionales de diversos ámbitos de la sociedad, me han testimoniado su relación de amistad con mi padre y su pesar por su fallecimiento a destiempo.
Un hecho muy significativo para mí ha sido igualmente el testimonio de varios empresarios y personas que fueron clientes del buffete de mi padre, y que me han expresado su complacencia por sus cualidades profesionales y humanas, así como sus excepcionales condiciones morales.
Muchos de esos clientes, amigos y relacionados de mi padre lo llegaron a conocer más a fondo que yo en términos profesionales y hasta personales, ya que para el año de 1993 en que su noble corazón le falló, yo, el mayor de sus tres hijos, contaba con 18 años de edad y apenas comenzaba mi carrera de Derecho en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña.
De manera que los amigos de mi padre son, para mí, una especie de maestros venerables que, al tiempo que me ilustran sobre el auténtico valor de la amistad y del respeto, me permiten conocer los sentimientos de muchas personas valiosas que, al igual como yo, siempre lo recordaremos con amor y respeto.
Al doctor Andrés L. Mateo, y a todos los amigos auténticos de mi padre a quienes he conocido, les agradezco mucho sus palabras de amistad, respeto y solidaridad. Constituyen un tesoro invaluable que me estimula a seguir el ejemplo de un padre, profesional y ciudadano ejemplar.
El autor es abogado.
(Publicado en Al Momento.Net el 21 de abril de 2010).

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