Intelectuales de la resistencia

Por Erick Barinas

Jesús De Galíndez
La dictadura de Rafael Leonidas Trujillo Molina contó con el apoyo y la colaboración de una serie de intelectuales de fuste, los cuáles pasaron a servirle a su régimen, ya sea por convicción o por coacción.

Entre los profesionales y hombres de letras que colaboraron desde un principio con el dictador se encuentran el doctor Joaquín Balaguer Ricardo, quien conspirara contra Horacio Vásquez y cuyos discursos políticos de la época se encuentran recogidos en su obra titulada “La Palabra Encadenada”, Rafael Vidal Torres, Tomás Hernández Franco, Mario Fermín Cabral y Jacinto – Mozo- Peynado, y posteriormente figuras como don Federico Henríquez y Carvajal, Manuel Arturo Peña Batle, Ramón Marrero Aristy, Virgilio Díaz Ordóñez, Julio Ortega Frier, Arturo Despradel, Manuel de Jesús Troncoso de la Concha, Rafael F. Bonnelly, Manuel A. Amiama, Carlos Sánchez y Sánchez, Emilio Rodríguez Demorizi, Ramón Emilio Jiménez, Arturo Logroño, entre muchos otros.

Sin embargo, contrario a la creencia de muchos, a lo largo de los años también se destacaron figuras intelectuales, nacionales y extranjeras, por sus posturas y denuncias acerca del régimen dictatorial, la mayoría de los cuáles pagaron con su vida por ello.

En efecto, el doctor Balaguer en sus “Memorias de un Cortesano en la Era de Trujillo”, reconoce el caso de don Américo Lugo, quien mediante carta dirigida al dictador le rechazó un jugoso contrato para que escribiera la historia colonial de la Isla e incluyera una reseña de la historia nacional posterior a la muerte de Ulises Heureaux. Un fragmento de esa carta dice textualmente como sigue: “Usted recordará que en marzo de 1934, Usted me ofreció una fuerte suma de dinero para que yo salvara mi casa, a cambio de que yo escribiera la Historia de la Década, lo cuál era proponerme que fuera su historiador oficial, y Usted recordará asimismo que preferí perder mi casa, como efectivamente la perdí.”

El caso de don Américo Lugo resulta ser paradigmático por cuanto prefirió vivir enclaustrado, en un “autoexilio” en su propio país, como un ejemplo permanente de resistencia, dignidad y entereza cívica frente a un sistema político que intentó doblegarle y humillarle de diferentes maneras.

Otros intelectuales como Juan Bosch, tuvieron la suerte de salir hacia el exilio presentando diferentes excusas, emprendiendo luego acciones diversas tendentes a combatir la tiranía, como fue la fallida expedición de Cayo Confites en 1947, y la fundación del Partido Revolucionario Dominicano, en Cuba, hacia el año de 1939.

Ahora bien, entre las obras que se escribieron y publicaron denunciando y criticando abiertamente la dictadura de Trujillo, cabe resaltar dos de ellas cuyos autores no eran dominicanos, pero que contribuyeron significativamente a dar a conocer a nivel internacional las atrocidades y corruptelas que se cometían en la República Dominicana a través del sistema político de dominación impuesto por el autodenominado “Benefactor de la Patria” y “Padre de la Patria Nueva”.

Una de esas obras es: “Una Satrapía en El Caribe”, “Historia puntual de la mala vida del déspota Rafael Leonidas Trujillo”, escrita por el ciudadano español José Almoina e impresa en México bajo el pseudónimo de Gregorio Bustamante en 1949.

Escrita con un lenguaje crudo y con mucha rigurosidad en cuanto a los detalles de los mecanismos empleados por Trujillo para enriquecerse y acrecentar su poder económico y político, la publicación del libro de José Almoina desató la ira del dictador y lo condenó a muerte. Fue asesinado en Ciudad México, el 4 de mayo de 1949, por sicarios a sueldo del dictador.

El otro libro importante es “La Era de Trujillo”, tesis doctoral del intelectual vasco Jesús de Galíndez, el cuál circuló ampliamente por América Latina al igual que el anterior. Inspirado en el libro de Almoina, no obstante, se trata de una obra mejor escrita y de un estudio más enjundioso y profundo que el primero, ya que inclusive aborda algunos aspectos del régimen que los consideró positivos.

La publicación de ésta obra igualmente condenó a muerte a su autor, el cuál fue secuestrado el 12 de marzo de 1956 en New York, y traído a Santo Domingo, se dice que al propio despacho del dictador, quien le habría hecho tragar varias hojas del libro antes de ordenar su asesinato y desaparición.

Estos hechos desencadenaron un enorme escándalo en los Estados Unidos, dado que Galíndez, después de haber vivido exiliado unos años en la República Dominicana por causa de la guerra civil española y la dictadura de Franco, se había ido a residir a ese país convirtiéndose en un reconocido académico.

Como se ve, Trujillo mantuvo un férreo control de la sociedad y del quehacer cultural e intelectual de la República Dominicana. A los intelectuales y artistas que no pudo conquistar y atraer para que le sirvieran a su gobierno, salvo contadas excepciones, a todos los persiguió, extorsionó o asesinó.

Publicar un artículo, un libro, un ensayo, un poema, un cuento o una novela que implicase una crítica, denuncia o censura a alguna medida del gobierno o del dictador, le costaba la vida a cualquiera, inclusive si era funcionario del gobierno.

Por ello, justo es reconocer la valentía de aquellos intelectuales y ciudadanos, nacionales y extranjeros, que se atrevieron a negarse a colaborar con la dictadura de Trujillo, y que fueron más lejos, denunciándola al mundo a sabiendas de que con ello arriesgaban sus vidas. Esos autores contribuyeron con su pluma a que se lograra la libertad del pueblo dominicano.

(Publicado en Al Momento.Net el lunes 16 de agosto de 2010)

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