Difamación a mansalva
Hasta hace apenas unos años el ejercicio del periodismo y de la comunicación social se ejercía, en sentido general, con ética, prudencia, cuidado y respeto por el honor y la honra de las personas y las personalidades públicas, y no por ello dejaba de ser crítico y combativo.
Sin embargo, cuando se producían excesos eran pocos los
sometimientos por difamación e injuria que encontraban en los tribunales un
fallo condenatorio para el infractor, en parte por el poder e influencia de los
propietarios de medios de comunicación, quienes eran co-demandados civilmente
antes de que se declararan inconstitucionales algunos artículos de la Ley de
Expresión y Difusión del Pensamiento.
Aunque tímidamente, esto ha ido cambiando en los últimos
años ya que podemos encontrar por lo menos diez sentencias condenatorias
importantes que han establecido sumas indemnizatorias millonarias en contra de
figuras públicas y comunicadores que se han excedido en el ejercicio de la
opinión pública y del derecho a la libertad de expresión y difusión del
pensamiento cometiendo el delito de difamación e injuria en perjuicio del
derecho al honor y la buena imagen de funcionarios y personalidades públicas
sin presentar un mínimo de evidencia y hasta falsificando documentos bancarios
para atribuirle depósitos millonarios en euros en un banco de Dinamarca a la exvicepresidenta
de la República Margarita Cedeño.
Lamentablemente, la difamación, la injuria, la calumnia
artera y de baja estofa ha sido tradicionalmente parte del ejercicio de la vida
pública en nuestro país, sin mayores consecuencias judiciales en la mayoría de
los casos.
Casi ninguna figura histórica de nuestro país ha escapado
a la difamación y a la acusación sin fundamento. Ni siguiera Juan Pablo Duarte,
el Padre de la Patria, acusado y calumniado hasta en su sexualidad, simplemente
porque murió sin haberse casado y sin dejar descendencia reconocida.
En la época pos dictadura de Trujillo, ningún expresidente
y líder político importante ha escapado de una acusación difamatoria, injuriosa,
falaz o calumniosa.
Por ejemplo, al expresidente Balaguer, el periodista Daniel
Adriano Gómez, instigado, según él, por su primo, el entonces presidente en
ejercicio Salvador Jorge Blanco, conforme admitiera en una carta dirigida a una
reportera de El Caribe en fecha 22 de febrero de 2015, acusó al líder
reformista de poseer 30 millones de dólares en Grand Caimán en el año 1986, lo
que resultó ser una denuncia infundada que, posteriormente, una vez descendió del
solio presidencial, pagaría con creces y con cárcel el abogado y político santiaguero.
Al profesor Juan Bosch, muy probablemente el presidente
más pulcro y honesto que ha tenido nuestro país, años después de su breve ejercicio
gubernamental se le acusó cobardemente de “traficar con chinos”, entre otras
campañas de descrédito de la peor ralea que se organizaron en su contra.
Al doctor José Francisco Peña Gómez y a la doctora
Milagros Ortíz Bosch, en una ocasión intentaron asociarlos con el tráfico de
drogas en medio de una campaña electoral en base a intrincadas elucubraciones y
maquinaciones.
Al expresidente Hipólito Mejía, quien en 2012 viajó a
México a una Feria Agropecuaria siendo candidato presidencial, lo acusaron de
ir a Sinaloa a reunirse con narcotraficantes y de que el piloto del avión que lo
transportó era el piloto del Chapo Guzmán.
Al expresidente Leonel Fernández le organizaron una
campaña que tuvo como voz cantante a un acusado de narcotráfico apresado y
extraditado precisamente en su gobierno, quien después de haber cumplido
condena en Estados Unidos lo acusó de haber recibido dinero de él y de deberle
unos 200 millones de pesos.
Al expresidente Danilo Medina sólo hay que poner su
nombre en la plataforma de Youtube para observar impunemente videos con toda
clase de acusaciones personales y especies que traspasan las fronteras del
debate público y el interés ciudadano.
Esa característica negativa y vergonzosa de la vida
pública nacional, que tiende a descalificar moralmente y a difamar al
adversario político, al funcionario que no cede ante un interés particular o
empresarial, o al que simplemente disiente ideológica o intelectualmente, ha
tomado un auge inusitado con las redes sociales, los periódicos virtuales y los
canales digitales que proliferan como la verdolaga en Youtube.
Allí no hay filtro ni límites, y lo peor, como diría Umberto
Eco refiriéndose a las redes sociales, “legiones de idiotas” opinan sin el más
mínimo criterio y sin el más mínimo respeto por nada ni por nadie.
Asimismo, el sensacionalismo, el amarillismo y el muchas
veces mal llamado “periodismo de investigación”, que frecuentemente deviene en
un periodismo de distorsión y extorsión carente de ética que a algunos ha
generado fabulosas fortunas, ha potenciado el desenfreno y la falta de
escrúpulos en el ejercicio de la libertad de expresión y difusión del
pensamiento, así como la comunicación mercantilista basada en la denuncia sesgada,
interesada, maliciosa, destructiva, artera y no pocas veces infundada e
injuriosa.
Esto último es penoso, ciertamente, porque la mayoría de
los supuestos paladines de la moral pública en los medios de comunicación dicen
procurar la transparencia y la pulcritud
en la administración de los recursos públicos, pero no ejercen
transparentemente ni con objetividad, ética y profesionalidad la comunicación
social.
En la mayoría de los casos no defienden ni procuran la
verdad. Defienden intereses económicos muy específicos, a veces espurios, y sus
propios y particulares intereses, sin parar mientes en la reputación y la
imagen de ciudadanos serios y honrados.
Procuran audiencia, anunciantes, likes y seguidores en
las redes en base a la generación de escándalos mediáticos y altisonantes acusaciones
de corrupción muchas veces infundadas que no resisten un simple contraste con
las leyes y con otras evidencias, como ha quedado documentado cuando algunos de
esos expedientes se someten al escrutinio y al rigor probatorio y jurídico de
alguno de los jueces independientes de nuestro aparato judicial.
Lo que se logra con esa clase de periodismo y
comunicación social es que cada vez menos profesionales calificados y honestos
se acerquen a la actividad política y a la función pública, y que las distintas
funciones del Estado caigan a manos de personas sin el perfil profesional y las
condiciones morales para desempeñarlas.
La civilización del espectáculo de que habla Mario Vargas
Llosa ha convertido un oficio y una profesión tan noble e importante como el
periodismo en un lucrativo negocio, y la libertad de expresión, con las redes
sociales, en una guillotina del derecho al honor y de la decencia.
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