El Estado, sus orígenes y desarrollo (I)
Así se titula un magnífico ensayo del profesor Juan Bosch, quien, con su
singular maestría en el uso del lenguaje, exquisito estilo expositivo y el
notable sentido dialéctico y didáctico que caracteriza su extensa obra, obsequia
al lector un interesante análisis histórico sobre los orígenes del Estado, su
evolución y desarrollo con el transcurrir de los siglos.
El autor inicia la obra explicando las diferencias entre los términos estado
y Estado, comúnmente confundidos aún en textos jurídicos, artículos
periodísticos y sentencias, indicando que, cuando se escribe con e minúscula
tiene un significado muy diverso, como por ejemplo, cuando se dice “el estado
civil de una persona”, es decir, si es casada o soltera, cuando una persona se
encuentra en “estado delicado”, lo que quiere decir que está muy enferma o en
grave situación de salud, o cuando se afirma que una madre está en “estado”, es
decir, que se encuentra embarazada.
En el orden político, la palabra “estado”, también escrita con e minúscula,
en algunos países se refiere al equivalente a las provincias o departamentos en
que se encuentra dividido. Por ejemplo, el “estado de Minnesota”, el “estado de
Texas”, etc., aunque todos esos “estados” juntos lleven el nombre de “Estados
Unidos de América”. La diferencia estriba en que los “estados” no tienen la
autoridad para hacerle la guerra a un país, ni para hacer la paz en caso de
situación de guerra.
Tampoco los “estados” tienen la autoridad para mantener la política
internacional, ni designar embajadores o cónsules o representantes ante otros
Estados u organismos internacionales. No pueden acuñar moneda ni mantener
fuerzas armadas con carácter federal, sino que forman parte del “Estado”, como
en el caso norteamericano, con determinadas facultades legales e
institucionales limitadas a su circunscripción, y su principal ejecutivo se
denomina “gobernador”.
El Estado, escrito con “E” mayúscula, siguiendo con el ejemplo de los Estados
Unidos de América, cuenta con un presidente con facultades federales sobre
todos los demás “estados”, con una bandera y un único himno, y “sus autoridades federales no les deben
ninguna obediencia a las autoridades estatales”.
Luego de explicar las diferencias entre los conceptos de patria, país,
nación, el ilustre escritor indica que el Estado “es una organización política creada por una clase social con el fin de
someter a su dominio a una parte de la sociedad, y para poder someter a una
parte de la sociedad los creadores del Estado lo fundan apoyándose en la fuerza
y mantienen la fuerza a su servicio porque no le ceden a nadie el control del
Estado”.
Para ilustrar la comprensión de las diferencias que existen entre el
significado de las palabras nación, país, patria y Estado, el autor describe
las diferentes etapas históricas de Cuba en los términos siguientes: “ese país que por hallarse en nuestra
vecindad nos resulta familiar, desde que fue conquistada por los españoles en los
primeros años del siglo XVI hasta el 20 de mayo de 1902, o sea, durante 390
años, Cuba fue un país que vivía bajo la autoridad del Estado español; a partir
del 20 de mayo de 1902 pasó a ser una nación organizada en Estado capitalista y
ahora es un Estado socialista. Pero al mismo tiempo que fue todo eso, Cuba fue
y sigue siendo la patria de los cubanos; fue su patria cuando ellos nacían,
vivían y morían en la Cuba española; fue su patria en los años en que era
república capitalista y es su patria ahora, cuando es un Estado socialista…El
Estado cambia (en el caso de Cuba, del colonialismo español, que además era
monárquico, o encarnado en un rey, al republicano capitalista y de éste al
socialista), y eso se debe a que el Estado es una institución clasista, y
cambia cuando cambia la clase dominante del país; pero la patria no cambia ni
cambia el país. El país y la patria son los mismos, y es la misma nación bajo
el Estado capitalista que bajo el Estado socialista; y lo es independientemente
de lo que una persona sienta o piense del capitalismo o el socialismo”.
En otra parte de la obra se explica que en la historia de América hay casos
de Estados que no se conformaron mediante el uso de fuerzas propias, sino que
debieron su existencia, por lo menos en sus primeros tiempos, a la incapacidad
de su metrópoli para gobernarlos y debido también a que eran países sin minas
de oro y plata de los cuales el gobierno español no sacaba ninguna ventaja: “Ese fue el caso del llamado, sin serlo,
reino de Guatemala, que ocupaba un amplio territorio entre México y Panamá. De
Guatemala saldrían cinco Estados, que son los que conocemos en conjunto con el
nombre de América Central o Centroamérica (Guatemala, Honduras, El Salvador,
Nicaragua y Costa Rica y uno que se unió a México (Chiapas). Esos Estados
centroamericanos han pasado a ser cinco patrias al mismo tiempo que cinco
Estados”.
Ahora bien, Bosch sitúa el origen del término Estado en los primeros años
del siglo XVI, más concretamente, cuando empezó a circular El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo, quien, haciendo acopio de sus
conocimientos, sus experiencias diplomáticas y sus años de servicio a la
ciudad-Estado y a las familias más importantes de Florencia, denominó Estado a “la organización política de una sociedad”.
En ese sentido, precisa que los griegos no habían usado tal palabra, ya
que, para ellos, lo que Maquiavelo denominó Estado, era la polis, que en su lenguaje significada ciudad. Afirma que tampoco se sabe qué palabras les aplicaron los
gobernantes y las poblaciones de las ciudades Estado que se fundaron en la
Mesopotamia a principios del III (tercer) Milenio antes de Nuestra Era, así
como no se sabe qué nombres les aplicaron a sus Estados los aztecas que vivían
en México o los indígenas de los Andes.
Consigna que las ciudades Estado aparecieron en los primeros cien o
doscientos años del III Milenio, o lo que es lo mismo, aproximadamente en el
año 2800 antes del nacimiento de Cristo. Sobre donde tuvo lugar el origen de
las ciudades Estado, afirma: “hasta donde
ha llegado la investigación arqueológica, lo que se ha descubierto como lugar
de origen del Estado indica que fue la Mesopotamia, palabra griega que
significa zona o lugar entre ríos porque la región que lleva ese nombre están
ubicada entre los ríos Éufrates y Tigris. Allí estaba la región de Babilonia
cuya porción sur se llamaba Sumer y sus habitantes fueron los sumerios, y la
del norte se llamaba Akkad, habitada por los acadios. Babilonia era además el
nombre de una ciudad, que figura en la historia religiosa con el nombre de
Babel, el lugar donde se construyó la torre de ese nombre y también los
afamados jardines babilónicos”.
Continúa explicando que, en la Mesopotamia, las ciudades Estado fueron
varias: “como Ur, Lagash, Eridu, Umma y
todos esos Estados tenían una característica social: estaban dirigidos por
esclavistas, dato muy importante porque indica que el Estado apareció en la
Historia como producto de la existencia de una clase que dominaba a otra, en
ese caso, a la de los esclavos”.
A propósito de los Estados esclavistas, cita la obra del autor ruso N.G.
Alexandrov, que en la página 58 y siguientes de su libro Teoría del Estado y del derecho (Grijaldo, México, 1962), señala
que en diversos países y en distintas etapas de su desarrollo, “el Estado esclavista adopta diferentes
formas. En los países del antiguo Oriente (Egipto, Babilonia, Asiria, Persia, India,
China, etc.), presentaba la forma de la monarquía despótica. En las monarquías
orientales el jefe del Estado se elevaba a la categoría de un dios y su
autoridad era indiscutible para todos los miembros de la sociedad. Esas
monarquías se caracterizaban por una considerable centralización del gobierno,
sobre todo en cuanto a los asuntos guerreros y a las finanzas, y por un aparato
burocrático bastante complejo”.
El autor de Crisis de la democracia
en América, también resalta que el Estado esclavista perduró más de dos
milenios, y en ese sentido se apoya en lo establecido en la obra Historia de la Antigüedad (Grijaldo,
México, 1966), dedicada a los países de Oriente, que en su página 117, dice: “El Estado esclavista egipcio existió durante
cerca de 2,500 años; desde el final del IV milenio hasta el año 525 antes de
nuestra era, en que fue conquistado por los persas”.
A juzgar por el poderío que tuvieron algunos faraones, dice que se debe suponer
que Egipto fue por lo menos tan poderoso como el de Babilonia, aunque poco se
sabe sobre los orígenes del Estado de las pirámides, por lo que el ensayista califica
de lamentable “la ignorancia de lo
sucedido con el Estado egipcio en los tiempos en que se formaron los primeros
Estados, porque existen buenas razones para atribuir a Egipto una conexión con
la historia de Grecia hecha a través de Creta, y el conocimiento de todo lo que
se relacione con Grecia es de primera importancia para los pueblos que forman
ese conjunto de sociedades conocido con el nombre genérico de civilización
occidental”.
Una reflexión particularmente interesante es cuando el autor afirma que: “la existencia del Estado es el resumen de
todo lo que una sociedad ha acumulado en los siglos en que ha ido desarrollando
sus capacidades para enfrentar los problemas de la vida en común; acumulación
en creación de métodos de trabajo o hábitos destinados a producir alimentos,
protección contra los climas radicales, sean fríos o cálidos; armas para
defenderse de otros hombres o animales feroces, casas en que guarecerse,
remedios para los quebrantos de salud, manera de domesticar los animales,
conocimiento de las señales que anuncian cambios en la naturaleza; y los
griegos, tal vez porque fundaron sus Estados muchos siglos después que otros
pueblos y por tanto pudieron acumular más conocimientos que aquellos que
formaron sus Estados con anticipación, crearon los suyos con una riqueza de
atributos que los colocó a la cabeza de todos los que le precedieron”.
Dicha reflexión es el preludio del análisis del Estado de Atenas, que a
juicio del autor se convirtió en un modelo sobre el que acabarían formándose
muchos siglos después los más importantes de los países de Occidente.
Por ello ofrece un análisis detallado del Estado Egipcio, sus relaciones
económicas y políticas con los Estados que se fundaron en Creta, la isla en que
se desarrolló la civilización egea, así como de la historia en que Egipto
terminó siendo una colonia de Roma, “el
Estado más poderoso de la antigüedad”, cuya organización y desarrollo se
analiza en los capítulos VI, VII y VIII.
Otra interesante explicación se expresa cuando el autor afirma que, para
que apareciera el Estado, era necesario que surgieran dos clases opuestas, una
que se imponía a otra y la forzaba a trabajar para que produjera beneficios;
esas dos clases fueron, lo mismo en Mesopotamia que en Egipto, en Creta o en
Grecia, los dueños de esclavos y los esclavos. Pero aclara que no hay que
confundir a los últimos con los esclavos africanos que se conocieron en
América, pues los que se conocieron en los tiempos anteriores al nacimiento de
Cristo no eran africanos sino naturales de los países que guerreaban entre sí
en Asia Menor o el Medio Oriente, en Egipto o Grecia, y por lo general eran
extranjeros que caían prisioneros en acciones de guerra.
No obstante, lo anterior, también se indica que las ciudades Estado no
fueron siempre gobernadas por esclavistas que sometían a explotación a sus
esclavos, y precisa que, en la época en que se escribió El Príncipe, Florencia
era una ciudad Estado y ya no había esclavos,
y lo propio ocurría en Venecia y otras ciudades italianas. En el caso de Venecia, por ejemplo, afirma
que durante más de tres siglos los gobernantes eran de tipo monárquico – los
dux – y el poder se heredaba como ha sucedido en Inglaterra, Holanda o Suecia
durante siglos.
En un próximo artículo intentaremos sintetizar otros temas no menos
importantes tratados en esta espléndida obra repleta de datos históricos que
consideramos de sumo interés para historiadores, sociólogos, politólogos y ius
publicistas, así como para el público en general interesado en adquirir
conocimientos sobre historia universal.
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