El derecho internacional de la fuerza y los misiles
En pleno siglo XXI, luego de 81 años de finalizada la Segunda Guerra Mundial, y de haber transcurrido 36 años del final de la Guerra Fría con la caída del Muro de Berlín y el desplome de la Unión Soviética, asistimos a la época del retorno de las invasiones militares a gran escala para procurar la ocupación y anexión de espacios territoriales de países soberanos, como en el caso de la invasión del gobierno autocrático de Vladimir Putin a Ucrania, que ya supera los tres años de guerra.
El actual gobierno
norteamericano también ha retomado la práctica del derrocamiento de jefes de
Estado extranjeros por vía de misiones militares unilaterales, para juzgarlos
en su país, en violación de los principios universales de soberanía, no
intervención y territorialidad de las leyes - entre otros -, bajo cargos de
“narcoterrorismo”, como ha ocurrido con Nicolás Maduro en Venezuela, nada más y
nada menos que en nombre de la libertad y la democracia.
El derecho
internacional, el principio de no intervención de los Estados en los asuntos
internos de otros Estados, los procedimientos establecidos en la Carta de las
Naciones Unidas y las vías diplomáticas, también han sido desconocidos una vez
más en el caso del ataque norteamericano e israelí a Irán, que no solo
produjeron la muerte de su jefe de Estado y parte de su familia mediante un
bombardeo de misiles, sino el anuncio posterior del presidente estadounidense de
“yo elegiré su sucesor”. Precisamente, décadas atrás el poder político
norteamericano había auspiciado el ascenso del ayatolá Alí Jameneí.
Pues bien, según
reportes de medios acreditados, en los primeros dos días del ataque a Teherán murieron
más de tres mil iraníes, incluyendo una escuela repleta de niñas.
Hay que señalar
que, en el caso de Venezuela, el gobierno de Nicolás Maduro ciertamente empobreció
a la mayoría de los venezolanos a pesar de la enorme riqueza petrolera de ese
país, encarceló ciudadanos por razones políticas, acosó a líderes de oposición
y su última “victoria” electoral dejó un mal sabor a fraude a nivel nacional e
internacional.
No obstante, esa
situación no justifica que el gobierno de Estados Unidos, de manera unilateral,
enviara una misión militar a ese país para capturar a su gobernante en
ejercicio y procesarlo junto a su esposa en suelo norteamericano bajo cargos
criminales, llevándoles a cárceles de máxima seguridad, en violación a los más
elementales principios universales del derecho internacional, constitucional y penal
general.
Pero
independientemente de que el apresamiento de Maduro y su esposa por una misión
militar norteamericana se hiciera vulnerando los principios del derecho
internacional, y sin ánimos de defenderlo, si se analizan los cargos que se le
imputan se observará que hoy por hoy no se han presentado evidencias creíbles
en los medios de comunicación más independientes y serios sobre alguna acción
que pueda considerarse como “terrorista” ordenada o financiada por Maduro contra
Estados Unidos.
Es decir, ¿cuándo
ordenó o financió Maduro un ataque terrorista a Estados Unidos, y en qué medio
de comunicación se reseñó ese hecho?. Si hablamos de acciones terroristas que
se le atribuyen contra grupos o poblaciones venezolanas, entonces habría que
preguntarse, ¿tiene Estados Unidos jurisdicción para juzgarlo por hechos
cometidos en Venezuela?, ¿cuál instrumento jurídico internacional le concede
esta jurisdicción?.
En cambio, lo que
si son hechos públicos conocidos son los misiles que lanzan las fuerzas armadas
norteamericanas contra lanchas en aguas territoriales extranjeras y que literalmente
desintegran a sus tripulantes, bajo el alegato de que transportan drogas cuyo
destino final hipotéticamente sería territorio estadounidense. ¿Acaso no
constituyen estas ejecuciones extrajudiciales actos que infunden terror y que
deberían de mover a estupor a los organismos internacionales de derechos
humanos y a todo aquél que conozca mínimamente los principios generales y
universales del Derecho, empezando por el debido proceso que tanto se invoca en
los informes del Departamento de Estado y otras agencias similares que suelen
censurar a los países en desarrollo por la violación de estos derechos?.
Cabría preguntarse,
¿cuál sería la reacción que tendría el gobierno de Estados Unidos si esos
misiles fueran dirigidos por Alemania, Japón, Francia, Rusia, Brasil o China
contra lanchas y ciudadanos norteamericanos, incluso en aguas territoriales de
esos países?, ¿acaso no generaría esto un escándalo diplomático y político
mayúsculo, y probablemente hasta una guerra?
Resulta deprimente ver cómo el presidente de la nación más poderosa del mundo, que se considera
la “primera democracia” y la “líder del mundo libre”, exhibe como trofeos en
sus redes sociales los videos de los asesinatos con misiles de los tripulantes
de las referidas lanchas, presumiblemente colombianos, venezolanos,
centroamericanos, en aguas territoriales del Caribe.
Por supuesto, ni
por equivocación se dirige algunos de esos misiles hacia las mansiones de los norteamericanos
dueños del negocio de narcotráfico en Estados Unidos, ni hacia los dueños de
los bancos que lavan los miles de millones de dólares que produce el
narcotráfico internacional, cuyo mercado más voraz a nivel mundial es
precisamente el de ese país.
De su lado, las
propias declaraciones de las autoridades norteamericanas posteriores al derrocamiento
de Maduro y del magnicidio del ayatolá Alí Jameneí, revelan que el propósito
principal de las citadas acciones militares, más que procurar la libertad y la
democracia en Venezuela e Irán, lo es el control de la industria petrolera de
esas dos naciones dignas de mejor suerte.
En Venezuela, por
ejemplo, el gobierno norteamericano dejó instalada en el poder nada más y nada
menos que a la vicepresidenta de Maduro, así como a todos sus funcionarios, y luego
el presidente estadounidense sentenció públicamente que “no habrá elecciones
por ahora”.
En otras palabras,
el mensaje a los venezolanos es de que se olviden de elecciones libres y de
democracia por todo este tiempo, y que se conformen con la liberación de presos
políticos y un poco más de libertad y apertura económica, además del
encarcelamiento de Maduro y su esposa hasta que un juez de 100 años de la Corte
de Nueva York les imponga 80 años de prisión o cadena perpetua. O que ocurra
que, a cambio de la liberación o mitigación de la pena de su esposa, Maduro se
declare culpable de los cargos que se le han formulado y asuma solo él la
condena sin que se debatan “las pruebas” de las acusaciones de
“narcoterrorismo” en el marco de un debido proceso que garantice el derecho de
defensa del acusado.
Sobre las
acusaciones, es sintomático el hecho de que, apenas horas de su captura, las
autoridades antidrogas norteamericanas admitieron que no existía “el cártel de
los soles”, cuyo liderazgo se atribuyó a Maduro, y que eso era una especie de “metáfora”.
Asimismo, el
presidente norteamericano admitió en una rueda de prensa que el gobierno
norteamericano le había ofrecido al expresidente venezolano que renunciara a su
cargo y se fuera con su familia a residir a Turquía, lo que de alguna forma
revela la dudosa objetividad de los cargos criminales que justificaron su
derrocamiento y bajo los cuales se encuentra encarcelado en una cárcel de
máxima seguridad.
Pero no hay que
llamarse a engaño. La sentencia de culpabilidad de Maduro ya está redactada,
incluso por el cargo de “terrorista”, aunque nunca se haya reportado algún
ataque terrorista en Estados Unidos por orden suya, o financiado por él o su
gobierno.
La política
internacional agresiva de la administración de Trump también se manifestó con
la amenaza a Canadá con convertir ese país en un Estado más de los Estados
Unidos, con la imposición de altos aranceles a la mayoría de los países
europeos – sus aliados tradicionales –, con la guerra comercial con China que
tuvo que apaciguar por las repercusiones económicas nefastas que inmediatamente
se produjo en los mercados internacionales, y luego con la amenaza de ocupar y
anexarse a Groenlandia, lo que provocó que aliados históricos de Estados Unidos
como Francia desplieguen fuerzas militares a esa isla en apoyo de Dinamarca.
Por cierto, a la
luz de la nueva realidad internacional, hace unos días el presidente Macrón
pronunció un dramático discurso desde la base militar y nuclear más secreta de
Francia en el que anunciaba al mundo el incremento de la producción de bombas
nucleares y que su gobierno no daría más información sobre la cantidad de su
arsenal nuclear, e invitaba a las naciones europeas a adherirse a su plan, a lo
que inmediatamente seis países importantes de Europa respondieron
positivamente.
Y es que, aparte
del aumento de aranceles, previamente el gobierno norteamericano le había dado
la espalda a Europa y a Ucrania con el respaldo abierto a Putin y con el retiro
de la ayuda militar y económica a los ucranianos frente a la invasión militar desigual
rusa que incluye la destrucción de ciudades enteras y de sectores residenciales
habitados, cuyas imágenes y videos dantescos recuerdan el genocidio nazi y las
destrucciones y muertes que provocó la Segunda Guerra Mundial.
En ese orden, los
acuerdos que había logrado la administración de Barack Obama con Irán y que
habían llevado paz al Medio Oriente durante varios años, de buenas a primeras
se rompieron con el envío de misiles norteamericanos e israelíes a Teherán,
provocando una guerra que ya se extiende más allá del territorio de Irán e
Israel y que trajo como consecuencia inmediata un aumento brusco en el precio
internacional del petróleo, en virtud de que Irán es el séptimo país productor
del mundo y por el Estrecho de Ormuz, bajo su control territorial, transita el
veinte por ciento de la producción global del crudo.
Desde que comenzó
la guerra también se produjo un aumento en el precio de gas natural por el
orden del 70%, y una crisis en el suministro del gas natural licuado por los
ataques de Irán a las plantas de QatarEnergy, en Qatar, principal productor del
mundo de GNL.
Lo irónico es que
los dictadores y autócratas de los países que realmente poseen armas nucleares
– no las inexistentes que se le han atribuido a Irak e Irán para justificar el
bombardeo a esas naciones –, como Putin, Xi-Jinping y Kim Jong-un, reciben un
tratamiento respetuoso, cuando no amistoso o de socios, del actual gobernante norteamericano.
Así las cosas, y
ante la negativa unánime de Europa – incluyendo al Reino Unido –, de sumarse a
la guerra emprendida por Estados Unidos e Israel contra Irán, el presidente
norteamericano ahora llama “cobardes” a sus gobernantes y los amenaza con
disolver la OTAN, por lo que el escenario internacional no puede ser más
complicado y preocupante, ya que implica muchos factores importantes, entre ellos:
1. La sustitución del derecho internacional y de los escenarios diplomáticos
multilaterales por la guerra, sin importar la paz, las vidas inocentes que
cueste y las consecuencias económicas, sociales y humanitarias que tienen esas
acciones para el resto del mundo. 2. El profundo
deterioro de las relaciones históricas entre Europa y Estados Unidos. 3. El incremento
de la producción de bombas nucleares anunciada por Francia y seis países de la
Unión Europea. 4. El alza más grande del precio del petróleo y del gas natural
en las últimas décadas con sus consecuencias negativas hacia la población
mundial, sobre todo a las que dependen cien por ciento de la importación de esos
productos. 5. El anuncio de Putin de que no venderá gas natural a Europa en
represalia por las sanciones que le impusieron a Rusia por la invasión a
Ucrania.
Producto de la
política internacional de Rusia, Estados Unidos e Israel, el derrotero de la
humanidad actualmente se presenta sombrío, y solo si los líderes de esos países
asumen una postura de respeto los principios del derecho internacional y de la
Carta de las Naciones Unidas, así como al diálogo diplomático multilateral, es
posible desescalar la guerra en Ucrania y el Medio Oriente y las consecuencias
económicas negativas que están teniendo a nivel mundial, que incluye a la
economía y a la población estadounidense.
No en vano la
Carta de la Naciones Unidas, en su artículo 2.1 y 2.3 establece que “1. La Organización está basada en el
principio de la igualdad soberana de todos sus Miembros. 2. Los Miembros de la
Organización arreglarán sus controversias internacionales por medios pacíficos
de tal manera que no se pongan en peligro ni la paz y la seguridad
internacionales ni la justicia.”
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